OPRIC

Observatorio de Política y Relaciones Internacionales Colombianas

Papers OPRIC

Balance Santos

Balance Santos multilateralismo y comercio exterior

previous arrowprevious arrow
next arrownext arrow

Entrevista OPRIC

Christian Chacón Herrera

OPRIC

 

Captura de pantalla 2026 04 04 001435Han pasado dos años desde la posesión de Iván Duque Márquez en la presidencia de la República de Colombia y su política exterior y actividad diplomática ha sido intensa, pues Colombia ha sido activa en una variedad de temas en el ámbito multilateral y regional. No obstante, esta proactividad no necesariamente ha implicado resultados favorables para las estrategias del gobierno e incluso han caído en dinámicas contradictorias en el ámbito doméstico, en desconfianza en el plano multilateral y en falta de consistencia en el plano regional.

 

En esta mitad de periodo, el Estado colombiano ha puesto en su agenda distintos temas dentro de su política exterior, pero aquí se hará énfasis en algunos de ellos: la cuestión venezolana, la dimensión internacional de la implementación del acuerdo de paz con las FARC, la resistencia a la oposición, la configuración y perfil institucional de la Cancillería y su agenda regional y multilateral.

 

 

El cerco diplomático y el correr de las horas contadas

Decir hoy que la estrategia del cerco diplomático fracasó es una perogrullada, pero ¿lo era hace dos años? La estrategia del gobierno de Iván Duque respecto a la salida de Maduro, el fin de la usurpación y las elecciones libres fue sin duda una estrategia agresiva y promisoria, pues el alcance internacional de Juan Guaidó (autoproclamado Presidente de la Rep. Bolivariana de Venezuela) y el reconocimiento de una buena parte de Estados en el mundo, entre ellos Estados Unidos, mostraba que Colombia parecía estar en el lado correcto de la situación.

 

No obstante, esta estrategia se fue dilatando por el desgaste mismo de la imagen de Guaidó, por la imposibilidad de avanzar en alguna dirección hacia la salida de Maduro (lo más cerca fue el levantamiento de algunos militares el 30 de abril de 2019) y por los dudosos respaldos a la iniciativa del presidente interino (la imagen de él con líderes del grupo delincuencial Los Rastrojos y el apoyo de mercenarios para intentar una nueva rebelión la cual fracasó estruendosamente). Además, las muestras claras de la figura inocua de Guaidó dentro de la estructura institucional venezolana (con la cuestión de la deportación de Aida Merlano) terminó casi que liquidando una estrategia que aun sobrevive por el respaldo estadounidense.

 

Así que hacer un balance hoy sobre la estrategia venezolana es sencillo: fracaso. Pero valdría la pena también considerar el contexto de la construcción de la estrategia, pues ¿era esta la mejor forma de alcanzar la estabilidad política en el vecino país? Los determinantes domésticos son un elemento relevante para entender que se haya tomado este camino, pues la estrategia de determinar que el modelo de la Venezuela de Maduro como un enemigo regional de la libertad y una amenaza doméstica fue la que llevó a Duque al poder. Por otro lado, el alineamiento de la estrategia de Trump en la presidencia de Estados Unidos hizo que el Estado colombiano tomara esa línea de acción en un claro ejercicio de bandwagoning, clásico en las relaciones de Colombia con este país.

 

Hay que considerar, sin embargo, que una estrategia de conciliación regional con Venezuela habría podido ser más efectiva, pues no se pondría en tensión el criterio regional de la no intervención con una necesidad de actuar más allá de los canales diplomáticos para que Maduro salga del poder. El Grupo de Lima pudo ser un espacio de conciliación y diálogo diplomático y no un mero conjunto de declaraciones que luego en la práctica fueron negando su esencia, pues, aunque la preocupación por la atención a la migración venezolana fue un tema recurrente en este espacio, los países miembros del mismo cerraron fronteras a los venezolanos y dejaron a Colombia sola en este esfuerzo de las puertas abiertas, la cual hay que reconocerle a Colombia. Incluso una aproximación de conciliación y diálogo habría podido acercar mucho más a países como los del Caribe (de peso en la OEA), a México (un clásico no interventor) y a países afines al gobierno chavista para lograr una transición política, que a todas luces es necesaria.

 

Con lo anterior, más que leer solo el cerco diplomático como un fracaso, valdría la pena considerar la construcción de dicha estrategia y ver que, aunque se presentó como una opción plausible, requería de mucho más peso regional, de una consciencia de la importancia geopolítica venezolana (por su cercanía con Rusia y China). Y que, tomar nota de experiencias en donde Colombia tuvo éxito, como el Grupo de Contadora, en donde los canales diplomáticos se activaron para fomentar el diálogo y el cese de las agresiones domésticas en los países centroamericanos, habría implicado tener mayores réditos.

 

Una diplomacia antiinstitucional

El gobierno de Iván Duque ha emprendido una campaña institucionalizada contra sus propias instituciones en el ámbito internacional. En las que pueden ser consideradas salidas en falso, este gobierno ha hecho diplomacia abierta y directa contra la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) tanto en la Corte Penal Internacional como frente a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. En ambos escenarios y antes de la aprobación por parte del Congreso de la República del acto legislativo que le daba vida a la JEP, el gobierno nacional buscó por todos los medios desestimar el papel de esta Corte, al tratar de hacer una campaña internacional defendiendo las “observaciones del gobierno”[1] y tratando de quitarle la autoridad de ser también representante de Colombia en el exterior como institución[2].

 

En esta misma línea, Colombia entró en un pulso con las Naciones Unidas por los informes presentados por la oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos en Colombia. La cuestión no es nueva, pues gobiernos como el de Juan Manuel Santos también entraron en esta disputa. No obstante, los argumentos y las estrategias de contención lucieron reactivas y sin compromiso de diálogo. La acusación de “politización”, “imprecisión” e “intromisión” pusieron en vilo el mandato de la Oficina en Colombia, lo cual desdice del compromiso del gobierno con el acuerdo de paz y la resolución de las dinámicas del conflicto, al negarse al acompañamiento internacional en vez de propender por el diálogo interinstitucional.

 

También fue una decisión desafortunada en términos diplomáticos el desconocimiento de los protocolos establecidos en el diálogo de paz con el ELN en La Habana, Cuba, tras el atentado en la escuela General Santander. El argumento de que los compromisos internacionales eran de gobierno y no de Estado no solo cae en la ingenuidad sino que pone bajo la lupa los compromisos internacionales que Colombia ha pactado. Duque, que respaldó el proceso con el ELN de manera tímida, atacó a sí mismo sus compromisos y usó la diplomacia para echar al traste cualquier avance en estos diálogos.

 

Otra forma de desprestigiar sus propias instituciones estuvo en el marco del informe ante la Asamblea General de la ONU en 2019 respecto a la presencia de grupos armados en Venezuela. En un afán de llevar la agenda venezolana a la ONU, la probable falta de coordinación y las ligerezas en un informe de semejante calado llevaron al uso de imágenes de archivo, presentación de material no original y no citado; esto implicó un retiro y revisión del informe sobre el cual, hasta el momento, no hay noticia conocida. Esto desprestigia la labor de Colombia en materia de inteligencia y en el ámbito diplomático, mostrando que las acciones han sido claramente nocivas a las mismas instituciones estatales.

 

Colombia en el panorama regional y mundial

Los vaivenes políticos han llevado también a un complejo entramado de decisiones en el ámbito regional y mundial. Por un lado, Colombia decidió una reconfiguración regional en medio del letargo del regionalismo latinoamericano y se retiró de UNASUR, la cual es vista como un enemigo ideológico, a pesar de que su sustento central era el liderazgo brasileño perdido con la llegada de la línea de derecha y conservadora en ese país. Además, ha presentado su presidencia pro témpore en la Comunidad Andina como un nuevo espacio de presión diplomática a Venezuela y una arena para promocionar nuevamente a Guaidó, estrategia que puede darle un aire a la CAN, pero que podría también sucumbir dentro de un entramado institucional que está orientado hacia otros propósitos de tipo comercial y regulatorio. Además, el llamado sin eco para configuración de un espacio regional llamado PROSUR no hizo sino dejar en el aire la debilidad del liderazgo colombiano.

 

Por otro lado, Colombia decidió cambiar su posición respecto al embargo cubano en la Asamblea de las Naciones Unidas (también en respuesta a la tensión por el asunto del ELN) y ha optado además en alinearse nuevamente con los Estados Unidos, incluso entrando en juegos geopolíticos como las denuncias a infiltraciones rusas a movimientos sociales en Colombia. El discurso, que ya era ambiguo en el gobierno de Juan Manuel Santos, sobre el tema de la droga y la erradicación, volvió al cauce deseado por los Estados Unidos con el retorno de una “narcotización” de las relaciones, y la promoción nuevamente de la aspersión aérea.

 

Por último, la iniciativa asiática del gobierno anterior parece que se ha ido apagando, aunque recientemente se han dado noticias al respecto con la eliminación de la visa para ingresar a Indonesia. Pero la diversificación de relaciones parece sucumbir ante los Estados Unidos, incluso en un entorno de cierta antipatía por parte de un presidente estadounidense veleidoso y sin una política clara hacia Colombia y hacia la región.

 

El papel de la oposición y los cambios en Cancillería

La llegada del estatuto de oposición le ha dado un aire a las comisiones segunda del Congreso, las cuales han sido un elemento importante en la discusión de la política exterior colombiana. La crítica a la forma de vincular personal diplomático, el control sobre los nombramientos y las plazas de los funcionarios de carrera, la crítica a la estrategia con Venezuela, el control político respecto a la llegada de tropas estadounidenses al territorio sin pasar por el congreso han sido varios de los temas en donde la Comisión Segunda de Senado y Cámara han tenido una seria participación gracias a la pertenencia a la misma de varios senadores de oposición[3]. Este es un elemento vital para revitalizar el debate sobre el papel de Colombia en el ámbito internacional.

 

Otro elemento importante está vinculado al cambio de perfil de la Cancillería. La brecha existente entre el perfil manejado por Carlos H. Trujillo y el de la actual canciller, Claudia Blum, también ha tenido efectos en el manejo de la política exterior. Con Trujillo, la Cancillería tenía un perfil activo frente a las estrategias del gobierno colombiano, pues este lograba cristalizar lo que Iván Duque tenía en mente a través de una acción activa en medios, en espacios institucionales internacionales. Por el contrario, Blum ha brillado por su ausencia, pues incluso en estos tiempos de pandemia tuvo que declararse impedida para llevar a cabo acciones vinculadas al tema, lo cual muestra su precaria participación. Esto ha implicado que sea el propio Duque u otros funcionarios diplomáticos los que tengan que llevar la agenda internacional del gobierno, dejando en una posición relegada a la Cancillería, quien naturalmente debería llevar las riendas de la agenda exterior.

 

Los retos venideros

Aun quedan dos años en los cuales el gobierno se enfrenta a distintos retos. Uno de ellos es afrontar de otra manera la cuestión venezolana. Claudicar en el esfuerzo realizado por el gobierno podría ser visto como la estocada final del fracaso de la estrategia, pero podría abrir nuevos horizontes para enfrentar la transición venezolana, pues incluso hoy la oposición de dicho país se encuentra dividida.

 

Otro elemento importante es el manejo diplomático de los asuntos vinculados a la pandemia. Colombia está en un momento en el que debe buscar alinearse con los países de la región para ejercer presión sobre una distribución justa y una visión de bien público de las posibles vacunas, e incluso una alianza que permita la fabricación para los países del sur global. La estrategia ha sido también la de alinearse con Estados Unidos (pues Pfizer ha sido uno de los puntos de mira del gobierno de Duque para el tema de las vacunas).

 

Por último, el tema grueso en el ámbito internacional es el desarrollo de los acuerdo de la paz, en donde Colombia ha establecido compromisos con el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y su comisión de verificación. El gobierno de Iván Duque tendrá que responder de mejor manera a los incumplimientos en los que ha incurrido (con la erradicación manual, la protección de desmovilizados y líderes) y no asumir la posición que ha tenido recientemente de culpar a la contraparte (las FARC) de incumplimientos. Los ojos de la comunidad internacional siguen encima del desarrollo de este proceso y un reto en los dos años venideros es recuperar la credibilidad internacional.

 


[1] https://www.efe.com/efe/america/politica/el-canciller-de-colombia-acude-a-la-cpi-para-resolver-inquietudes-sobre-jep/20000035-3926403

[2] https://www.lafm.com.co/politica/cidh-mantiene-audiencia-con-la-jep-y-rechaza-solicitud-de-la-cancilleria

[3] https://www.elespectador.com/noticias/politica/politica-exterior-de-duque-es-fracasada-el-informe-del-senador-antonio-sanguino-articulo-905394/