Vanessa Romero Gutiérrez
OPRIC
Luego del anuncio hecho por los negociadores del gobierno y las FARC, en el marco de los Diálogos de paz de la Habana, de contar con una mecanismo de monitoreo y verificación tripartito del cese al fuego bilateral y de la dejación de las armas, en el que existirá un componente internacional materializado en una misión política de la ONU integrada por observadores de países miembros de la CELAC, Colombia ha cobrado un sorpresivo protagonismo en el escenario internacional.
Tras realizar la solicitud de la creación de dicha misión al Consejo de Seguridad de la ONU, la canciller María Ángela Holguín viajó a Nueva York, a la sede de las Naciones Unidas, para entablar las reuniones correspondientes con la intención de que se aprobara dicha solicitud. Fue así como el lunes se anunció la adopción de una resolución, donde el Consejo de Seguridad unánimemente autoriza la creación de una misión política especial de verificación del cese al fuego bilateral y de la dejación de las armas de las FARC con observadores no armados. La unanimidad alcanzada en el Consejo demuestra la confianza que se ha logrado transmitir a la comunidad internacional en torno al proceso de paz.
El otro escenario donde el proceso de paz se convirtió en el eje de discusión fue la IV Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), donde los mandatarios de la región respaldaron el proceso y se mostraron comprometidos con el rol que jugará la organización en la misión de verificación, como lo indicó el presidente Santos al anunciar que “los miembros de la CELAC aceptaron de manera unánime integrar el equipo de observadores internacionales que verificará la dejación de armas de la guerrilla”[1].
La Declaración Especial de la CELAC de Apoyo al Proceso de Paz en Colombia, en la que se indica que los jefes de Estado de la región “expresan su disposición para que los países miembros de la contribuyan a la referida misión política”[2], demuestra que el compromiso regional es absoluto con la búsqueda de la paz en Colombia y que no se escatimarán esfuerzos políticos para ello. De igual forma es claro que el éxito del proceso representaría para la CELAC una magnífica oportunidad para seguir legitimándose dentro de la región y para ganar experiencia en materia de resolución de conflictos.
Resulta favorable para el proceso que en menos de una semana haya ocupado el foco de atención en dos escenarios internacionales importantes para el país. Esto es una evidencia clara de que éste ha logrado hacer su tránsito de asunto nacional a asunto de interés internacional de la manera adecuada. Como lo han reiterado, una y otra vez, tanto el presidente Santos como Humberto de la Calle, jefe de la delegación negociadora del gobierno, el hecho de contar con tal respaldo internacional significa que el proceso de paz es prácticamente irreversible[3]. Un “reverzaso” implicaría un costo político demasiado alto que, muy seguramente, ninguna de las partes está dispuesta a asumir.
Cabe recordar que en el pasado, específicamente durante los Diálogos de paz del Caguán, el involucramiento de la comunidad internacional resultó contraproducente para el desarrollo del proceso, ya que no se había trazado con claridad el rol que ésta debía jugar y cada una de las partes pareció interpretarla de una manera diferente. Todo indica que en el actual proceso esos errores se tuvieron en cuenta y se evitaron; sólo cuando el proceso estuvo lo suficientemente avanzado y consolidado se buscó una participación más categórica de la comunidad internacional[4] haciendo que, en lugar de entorpecer la negociación, ésta le pusiera un sello de “irreversible”.
Ahora bien, hoy más que nunca hay que ser prudentes al analizar el respaldo logrado en el escenario internacional en torno al proceso de paz. Si bien esto resulta beneficioso y se puede convertir en una oportunidad extraordinaria de mayor visibilización de Colombia en el plano internacional y de una transformación de la imagen del país, ya no como el país problema sino como un potencial modelo a seguir, también representa un desafío importante para lo política exterior del país.
La oportunidad que surge de la atención lograda en el plano internacional para el país es la de perfilarse nuevamente como líder regional, dado que la existencia del conflicto armado ha sido un obstáculo para esto. Asimismo resulta trascendental para la solución de algunos conflictos fronterizos que se han generado por cuenta del mismo. El desafío, entonces, se trata de responder al compromiso y a la confianza que la comunidad internacional ha depositado en el fin del éste, lo cual no será fácil y dependerá en gran medida de las dinámicas que surjan en el tramo final de la negociación. El fracaso del proceso, luego de lo que ha ocurrido esta semana, no sólo tendrá un costo político interno altísimo sino también tendrá repercusiones a nivel externo, porque la apuesta de la comunidad internacional por el fin del conflicto es aún más grande que la de muchos colombianos.
Responder a este desafío situaría a Colombia en un lugar destacado dentro del plano internacional y le abriría paso a nuevas oportunidades que han quedado relegadas a causa de la prolongación del conflicto. Así pues, la paz se constituye no sólo como el fin sino como el medio para que Colombia consolide los objetivos de su política exterior y cobre un nuevo protagonismo en la agenda internacional.
[1] “La paz de Colombia y el zika eclipsan la IV Cumbre de la Celac” en: http://internacional.elpais.com/internacional/2016/01/28/actualidad/1453955783_810121.html
[2] “Declaración especial de la CELAC de apoyo al proceso de paz en Colombia” en http://www.cancilleria.gov.co/en/newsroom/news/declaracion-especial-celac-apoyo-proceso-paz-colombia
[3] “”FARC y conflicto no son sinónimos”: Humberto de la Calle” en: http://www.semana.com/nacion/articulo/humberto-de-la-calle-farc-y-conflicto-no-son-sinonimos/458036